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  • La Vicenta

El Kierkegaard mexicano

Actualizado: 13 de oct de 2019

Olinmenkin Sosa Nájera


I


No dormí bien durante la noche. En un punto de la madrugada escuché una pelea de gatos y dentro de la ensoñación comencé a temblar. Desperté con la sensación de haber tenido muchas pesadillas, pero sólo recordaba la mirada de Rudolph. Hace semanas que no lo veo. El psicólogo nos dijo que había tenido un ataque de esquizofrenia y que por eso no podía bajar a tomar el taller de teatro. Recuerdo que la primera vez que lo conocí me pareció un tipo genial. Solía crearme historias sobre cómo había terminado en la prisión, hasta que lo entrevisté. El psicólogo nos había adelantado que la razón por la que estaba preso es porque había matado a su papá en uno de sus ataques de esquizofrenia. Pero no sólo lo mató. Creo que hay de asesinatos a asesinatos y Rudolph había incendiado el cuerpo de su padre hasta matarlo. Me gustaba imaginar que era el típico caso del Edipo mexicano, pero la realidad de los acontecimientos resultó más interesante. La realidad siempre es más interesante e inabarcable que la imaginación de una persona.


Comenzó hablándome de Kierkegaard mientras se rascaba con el pulgar izquierdo un costado de su nariz. Estábamos sentados en unas bancas de concreto en el patio contiguo a la sala de visitas, el sol acariciaba suavemente mi costado derecho y el izquierdo de Rudolph. En los pasillos y en la sala hacía frío, entonces disfrutábamos estar así. Cuando era adolescente, Kierkegaard me resultó memorable porque intentó explicarse a sí mismo el concepto de angustia después de terminar una relación amorosa significativa. Para un muchacho de mi edad fue muy sorprendente que, de algo así de sencillo y cotidiano, surgiera una filosofía; de pronto olvidamos que las cosas profundas e importantes vienen de necesidades así de simples. Por eso recuerdo a Soren Kierkegaard. Sin embargo, Rudolph tiene una noción muy suya y comienza hablándome del alma y del espíritu:


El Alma es la vida del ser y el Espíritu tiene que ver con la conciencia. A mí me interesa hablar de la conciencia; tiene que ver con lo que decías de la angustia, que es el concepto por el que más se reconoce a Kierkegaard y por el que se le llama pre-existencialista. Él dice que si te angustias por cosas que no valen la pena, estás en contra de tu conciencia. El estado de conciencia es un estado espiritual que tiene que ver con el reconocimiento del ser humano en el mundo en comunión con la naturaleza. La angustia bien guiada te lleva a la conciencia, porque la angustia no es otra cosa que la realidad de la libertad como posibilidad.


Recuerdo sus palabras con dificultad, pero sé que lo que acabo de escribir es lo más fidedigno que puede ofrecerme mi memoria. Trataba que no notara que, en realidad, Kierkegaard no me interesaba, si no él, su historia. Aproveché que usó la palabra libertad para preguntarle si recordaba algo de cuando era libre. Deliró sobre si me refería a las memorias o a los recuerdos. El tipo está realmente zafado y tiene labia. Insistí en que me contara recuerdos suyos, cosas que evocaba para sobrellevar su vida en ese hacinadero que es la prisión. Ahora me doy cuenta de que él se estaba evadiendo, así como yo lo hago ahora al escribir su historia en lugar de la mía. Pero no pudo evadirse, porque así operamos. Sin darnos cuenta, tratamos de ir lo más lejos posible para tomar vuelo y terminar acercándonos a lo que queremos nombrar. Ingenuamente le propuse que me dijera tres recuerdos que conservara en su memoria. He utilizado muchas palabras derivadas de ingenuidad. Es hasta ahora que me doy cuenta de que soy un ingenuo. Pero eso fue lo que hice, le dije que eligiera un recuerdo de su niñez, otro de su juventud y otro de su adultez. Se quedó pensativo por un momento, hasta que me dijo que su mente estaba en blanco. No dije nada, sólo lo miré fijamente. Sus ojos color café claro se clavaron en mi mirada; estoy seguro de que esos ojos eran los que me miraban antes de despertarme. Comenzó a mover su pierna derecha con ansiedad y a mirar alrededor de nosotros, probablemente estaba buscando una escapatoria, pero yo no dejaba de ponerle atención a sus reacciones y eso lo cohibía. Ha de ser difícil recordar en esas circunstancias. Una de las cosas que me parecieron peculiares cuando vi a los presos que iban a tomar nuestro taller, es que a pesar de que todos estaban vestidos con ropa color beige, en un intento por unificar su imagen y volverlos impersonales, cada uno tenía su estilo. Conservaban su identidad con pequeños detalles. Rudolph solía usar sus tenis deshilachados en donde las agujetas estaban puestas no más por la pura idea de que los tenis deben llevar agujetas, pero en este caso no cumplían ninguna función. También doblaba hacia arriba las puntas de sus pantalones y dejaba al descubierto sus tobillos peludos. Generalmente usaba playeras tipo polo que tenían manchas de pintura, porque Rudolph, siendo un perfecto estuche de monerías, era además pintor. Un artista, como dirían en el mundo de las exposiciones colectivas. Lo que era más extraño en toda su ropa y que tenía un dejo de ternura, era su apodo bordado en hilo rojo, que resaltaba a la altura de su pectoral derecho, cual niño de kinder. El primer recuerdo que me compartió fue una vez en la que su papá lo había llevado a pintar a la Casa del Lago, en Chapultepec, cuando tenía siete años. Su primer dibujo fue el de un submarino con un buzo en su interior, pero lo que llamó mi atención es que debajo, en las aguas profundas, dibujó un tiburón. Cualquier psicoanalista concluiría que el tiburón era la esquizofrenia y Rudolph el buzo.


Recuerdo haberle preguntado de una manera muy torpe “¿por qué estás aquí?”. Creo que titubeé y volví a hacer la pregunta, pero ahora de forma más invasiva: “¿quieres contarme por qué estás aquí?”. Recuerdo que Rudolph se echó hacia atrás y se mordió el labio inferior. Después sonrió. Era una de esas sonrisas inevitables en las que sabes que las cosas van en serio y que a pesar del dolor y de lo difícil que es decir las cosas con verdad, también es necesario hacerlo. Rudolph quiso empezar desde el inicio y comenzó hablando de su madre. ¿Quién de nosotros, cada que quiere abordar desde el inicio algo que le duele, no se remite a su madre o a su padre? Mi mamá murió atropellada por una combi. Fue su manera de iniciar. Después me contó que él no lo había visto, pero los que presenciaron el accidente vieron que la combi atropelló a su madre, sin embargo, ella sobrevivió al impacto. Lo terrible es lo que sigue. El chofer de la combi vio que la mamá de Rudolph había sobrevivido, así que decidió echarse en reversa y aplastarle el cráneo. Cuando se aseguró de que estaba muerta arrancó a toda máquina y se dio a la fuga.


Desde hace años, en los periódicos se ha vuelto famosa a nivel internacional la crueldad del narco en nuestro país, pero la magnitud del caso sólo puede explicarse a través de este tipo de decisiones. De las decisiones de la gente común y corriente; que un conductor de combi haya decidido matar con plena consciencia a una persona herida, lo vuelve igual de perverso que el narco que dio la orden de matar a cincuenta personas. Lo fatal está en lo cotidiano. Rudolph me cuenta que él no pudo llorar si no hasta el entierro. El hecho de ver a su madre en el féretro lo hizo reflexionar sobre lo que es la muerte de un ser querido. Sigue hablándome de su madre, era ella quien iba por las medicinas de Rudolph al IMSS. De alguna forma intuyo que para ella era difícil que su hijo tuviera esquizofrenia y seguramente pensaba que era su culpa, porque eso suelen hacer las madres mexicanas, achacarse los triunfos, los fracasos y las enfermedades de sus críos. Él sigue hablando y yo registro, dice que su madre lo necesitaba, dice que en su casa nadie le hacía caso. Que él era el único que estaba para ella y ella para él. Dice que eran un par de locos solitarios que se juntaban a platicar. Dice que después de la muerte de su madre le dejaron de surtir su medicamento para apaciguar la esquizofrenia. Dice que a raíz de la muerte de su madre, su padre se hundió en la bebida. Tomaba diario para no pensar en su depresión. Un día que su padre se había puesto muy ebrio, obligó a Rudolph a que lo llevara al panteón porque quería ver la tumba de su esposa. Apenas llegaron al panteón, su padre se lanzó encima de una tumba y comenzó a llorar absolutamente desconsolado. Rudolph movía sus manos para acentuar lo patético de la imagen, porque trató de decirle a su padre, en varias ocasiones, que esa no era la tumba de su esposa muerta. Poco importaba eso, el señor sólo quería llorar. Quería sentir que lloraba cerca de la mujer a la que había amado. Lo que me pareció sumamente extraño fue el cambio que hizo en su narración. Dijo que él, desde niño, le había visto la máscara del diablo a su papá. Que su papá decía que a veces oía a la madre de Rudolph. Eso lo hacía desconfiar mucho de él.


La primera vez que vi a Rudolph fue cuando recién estábamos conformando el taller de teatro. El psicólogo ya nos había explicitado el caso particular de cada uno de ellos. Recuerdo que él no quería quedarse en nuestro taller porque quería regresar al taller de pintura. Durante la sesión, poco a poco, se fue convenciendo de que le gustaba el teatro y terminó diciendo que él se quería quedar porque al fin iba a poder ser un dragón y conquistar a una mujer de verdad y ya no a un robot que se desactiva cada que él le muestra su amor. A pesar de su lucidez repentina, el tipo estaba realmente pirado y eso, más que asustarme, me emocionaba. Agradecí a Rudolph su sinceridad. Percibí que desde el principio le caí bien, a pesar de que había días en los que estaba con muy buena disposición y otros en los que estaba irreconocible. Me evaluó con la mirada, hizo una especie de escaneo para percibir si es que estaba listo para recibir la historia. Traté de poner mi cara más empática, fue entonces que me contó las cosas que pasaron el día que mató a su padre.

…Continuará.

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