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Me encontraba en el metrobús, estaba sentada junto a la ventana más grande, no había ventana más grande en ningún otro metrobús más que en ese, pensaba en mis tiempos récord, cuanto me había tardado y en qué tipo de cosas me había tardado menos. La escena se esfumo y de la nada estaba volando a través de mi casa así que aprovechaba y le hacía un juguete improvisado a mi gata. Nuevamente iba de regreso en el metrobus y junto a mí se había sentado una chica joven, no lograba escucharla por el nivel de volumen de la música en mis oídos (no había música, solo sabía que algo sonaba). La chica ya se iba así que se sentó dándome la espada, encerrándome entre la ventana grande y ella, nunca pude verle la cara. Parpadeé y en su lugar ya se había sentado un vagabundo, pensaba que eso nunca me había pasado. Su hedor atravesaba mi nariz (no había olor solo estaba la sensación del algo fétido) sentía cómo su barba se metía entre los poros de mi piel. Es aquí donde el sueño decidió hacer un close-up a su barba y yo veía unos gusanos en composta luego una silla de plástico y después me olió a pintura.
El sueño regresaba en el tiempo y la chica cuyo cabello era lo único que había alcanzado a ver estaba sentaba nuevamente junto a mí, sentía su cabello entre mi brazo y pierna izquierdos, era tan largo como el asiento, largo larguísimo, cada vez más; me llegaba su olor a shampoo y recordaba el olor del cabello de una chica de la que me enamoré en primaria, que olía a brilloso e inalcanzable. Volteaba a ver la ventana más grande del metrobús y el mal hedor regresaba, me debatí entre levantarme o no. En cuanto me levanté, me desperté.