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Soñé que mi papá se accidentaba. Era una especie de episodio macabro y sin sentido de una telenovela, desgracia tras desgracia. Mi padre se encontraba en un taller mecánico, con algunos amigos y, en un abrir y cerrar de ojos, caía en el foso, que estaba lleno de agua, un agua turbia en donde no se alcanzaba a distinguir nada de nada. Caía como en un desmayo, era un muñeco de tela sin poner resistencia a la gravedad, y ahí se quedaba, estático durante algunos minutos. Y todo esto nos lo contaba en la casa, no sin antes haber ido a buscarlo a algún hospital de la Cruz Roja. Cuando yo llegaba a la puerta de la clínica, saludaba a una guardia como si nada, como si nos conociéramos de toda la vida, echando el chal sobre la cantidad de veces que mi papá había ido a dar a ese lugar. Y, ya estando en la casa, mi pa nos contaba, detalle a detalle, cómo se había caído y por qué tenía tantas palancas y palos enterrados en la cabeza, le causaba gracia cómo podía quitarse algunas y dejar hoyos en su cráneo, mientras yo me moría de la angustia pensando en la imposibilidad de esta imagen. Desperté con un gran dolor en el pecho, la cabeza dando vueltas y el sonido de las herramientas de mi padre de fondo.