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Estoy vagando con mucho miedo por una ciudad completamente vacía. Todos los edificios son rectángulos de concreto pintados de blanco, y apenas se distinguen uno de otro por la presencia de alguna cortina de metal. La ciudad era toda una cuadrícula perfecta. Ni árboles ni automóbiles. Este desierto me causa angustia. Sé que no es normal que las calles estén vacías a plena luz del día, ni que las cortinas de los negocios estén abajo ni que los estacionamientos estén vacíos. Camino con miedo, porque por alguna razón no está permitido salir a la calle y además me siento perseguido. Me desvío de mi ruta, que no sé cuál es, doblando por una esquina, y al hacerlo encuentro frente a mí a un sujeto, vestido con camiseta de tirantes blanca y pantalones de mezcilla. Él levanta maquinalmente su brazo, apunta su pistola a mi cabeza y sin perder tiempo aprieta el gatillo. Entonces despierto.