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Soñé con un hijo muerto. Tenía yo un hijo, un bebé, y y estaba muerto. Sólo que estaba vivo. Aunque en realidad yo sabía que estaba muerto. Pero hablaba y se movía y hacía todo lo que hacen los hijos vivos, sólo que el mío estaba muerto.
Y vivía en una caja de violín.
Era una caja de madera, como una caja de Olinalá, pintada de color oscuro con detalles de tonos elegantes y opacos, y era una caja de violín, con forma de violín rectangular.

Yo tenía la tarea de llevarme todas las cosas que mi mamá había olvidado en ese salón. Era como un salón donde ella había dado clases de música, y había juguetes e instrumentos musicales que yo reconocía de mi infancia. Yo pensaba que ella había olvidado poquitas cosas... su chamarra y el paraguas, pero iba encontrando más y más cosas que mi mamá había dejado y que yo tenía que empacar y llevármelas. En algún punto yo ya no podía cargar más cosas que mi mamá había olvidado porque había muchísimas cosas en ese salón. Y así encontraba a mi hijo en la caja de violín. Yo lo había olvidado ahí.

Abría la caja y él había estado ahí durmiendo por mucho tiempo y yo recordaba que tenía un hijo. Había crecido todo ese tiempo encerrado en la caja de violín. Me daba cuenta que había crecido porque tenía los deditos meñiques de los pies colapsados y entonces recordaba que yo, cuando él era más pequeño, le había puesto másquin en los deditos para que se doblaran y cerrara bien la caja de violín. Pero ahora había crecido y los huesos no habían encontrado espacio para crecer, entonces casi no tenía meñiques del pie.

Y me lo llevaba ya del salón de música. Él me caía bien. Era muy pálido. Porque estaba muerto.
Y yo sentía que se sentía seguro en la caja de violín.

De repente ya había más gente y estábamos en un hospital y teníamos que salir de ahí. A mí me daba pena que vieran que mi hijo estaba muerto. Él estaba dormido y las señoras lo veían y les daba ternura y comentaban que era muy güerito, muy pálido. Y yo no quería que supieran que estaba muerto. Pero yo no tenía problemas con que él estuviera muerto, sólo que me daba pena que me juzgaran por eso. Y que especularan.

Entonces seguíamos a una enfermera con poder y salíamos del hospital.

Y ya no existía más mi hijo muerto.