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Me encontraba en un viaje por la costa mexicana. La playa llegaba casi a la orilla del pueblo, y las construcciones de este habían decidido que en vez de comerse la selva detrás del pueblo, le tomarían terreno al mar. Grandes edificios salían del océano aunque las construcciones en tierra fueran bastante pequeñas. Estos edificios iban cerrando más y más una bahía azul y con muy poco oleaje. Yo, mi novio y la madre de este buscábamos la cede de una famosa panadería, y por alguna razón esta búsqueda nos guió a un extraño hotel. El simple hostal tenía un complejo mecanismo de simulación de oleaje en vez de baños. Eran pequeñas cápsulas que simulaban una alberca de olas. Ya que nos parecía desagradable nadar en tus propios desechos decidimos dejar el motel atrás. Antes de nuestra partida fuimos advertidos por el dueño que teníamos que llenar el calendario de la caja de arena para gatos que nuestra habitación contenía, ya que sin esta información no podrían hacer una limpieza periódica según las necesidades de nuestra mascota.