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Fue todo muy confuso.

Al principio, yo era una suerte de espectador. Miraba escenas sueltas de dos sujetos haciendo fechorías: asaltaban gente, amenazaban con distintas armas, robaban carteras y celulares. Entonces sólo me sentía un tanto perturbado, pero no amenazado.

Poco a poco, el escenario de los atracos se fue haciendo más claro. Era una especie de patio, un terreno baldío en el que sólo había una plancha de concreto parcialmente cubierta por vegetación semiseca. Todo sucedía ahí.

Sin apenas percibirlo, pasé de ser un espectador a estar en el patio. Ahora estaba vacío. Lo escruté con la mirada, pero recuerdo muy poco. No parecía estar en una zona muy poblada. En una de las esquinas del patio, la que más cubierta estaba por la vegetación, había una pequeña escalinata y una puerta metálica, de un color café derruido por la intemperie. Caminé hacia ella. En mi mano había un cuchillo. Subí con cuidado cada uno de los escalones y entreabrí la puerta, como para asomarme y asegurarme de que lo que hubiera del otro lado fuera seguro. No pude ver nada de lo que había detrás porque de súbito una patada abrió la puerta por completo y por ella entraron los dos malhechores. Antes de poder reaccionar, paralizado por una pesadumbre característicamente onírica, fui desarmado por uno de ellos. "Ya valiste verga" dijo el otro.

"´Ta madre. No me lastimen, por favor." rogué tímidamente mientras les ofrecía mi cartera que, aunque sabía vacía, quizás podría comprarme algunos segundos. No fue así. Con autómata frialdad, el sujeto que tenía mi cuchillo me lo insertó en las tripas. Sonrío mientras lo giraba, mientras veía mi mueca de dolor, de pavor.

"Ya valí verga" pensé. "Ora sí ya valí verga." Sentí una contracción en el abdomen cuando el cuchillo salió de mi cuerpo. Chorreaba sangre. Yo sólo atinaba a presionar con ambas manos la zona en un intento inútil de evitar desangrarme.

"Ve nomás cómo se retuerce. Cómo chilla la nena." le dijo el que parecía el líder del dúo al otro, que sostenía el cuchillo contra mi cuello. "Así se siente morir, puto."

Abrí los ojos con un espasmo en el instante en que me degollaron. Abracé a mi pareja. En mis entrañas permanecía la sensación punzante, como si mi piel y mis órganos tuvieran memoria del dolor del sueño. Como si algo de esa puñalada hubiese sido real.