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A lado de una carretera perdida en la maleza descendía una barranca, sólo que en lugar de tierra y más tierra, comenzaba una formación rocosa con aspecto de escalones. Estos escalones podrían asimilarse a unos que encontrarías en una construcción prehispánica, escalones que en lugares están más completos que en otros, corroídos por el paso del tiempo. No obstante, los pasos que uno necesitaría para descenderlos no serían humanos y la roca que los construía no parecía tampoco ser de esta tierra. Piedra húmeda, agujerada, morada y verde.

Volteé a mi derecha y vi a mi amigo Matías, quien no he visto en un buen rato. Sin pensarlo, comenzamos ambos a descender como pudimos, escalando con la curiosidad de saber a donde llegaríamos. Mientras lo hacíamos me daba cuenta de que los escalones bajaban como si fuesen los asientos de un coliseo. Veía la curva que poco a poco se mostraba y al final de nuestro trayecto, el principio de la gran explanada circular que nos esperaba. No podía ver más allá, pues la neblina que se espesaba conforme bajábamos lo impedía.

Una vez abajo, comenzamos a caminar sobre este plano lleno de agujeros y humedad. Caminamos hacia el centro y una vez suficientemente cerca para poder ver el centro, notamos un agujero negro del tamaño de una alberca que descendía infinitamente.

En cuanto lo vi supe lo qué pasaría si me dejaba caer por el agujero, me vi eternamente cayendo en un vacío negro. Me despertó la angustia de cómo sería eso y todo lo que tendría que enfrentar en esta eternidad. Pero lo curioso fue que sentía dos cosas antes que todo lo demás: miedo a mi existencia eterna dentro de una situación de tal impotencia y atracción por el enfrentarme a mi mismo eternamente en mi soledad.

Yo creo que fue más miedo que atracción al momento y ahora que estoy despierto y meses después, me doy cuenta de que al menos mientras no esté cayendo eternamente en un agujero negro, tengo a personas con las cuales compartir mi dolor y con quienes sanarlo. Matías, por ejemplo :)