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Había una iglesia. Estaba hecha de adobe y se encontraba desequilibrada sobre una plataforma de madera. Para entrar se tenía que subir por una escalera de mano, y con cada empujón los escalones se me colapsaban.
Ya en el interior, la capilla se estaba decayendo y la gente que estaba allí caminaba sin darse cuenta que su peso podría derrumbar la construcción en cualquier momento.
Mis tenis se hundían en el barro. Todo lo que tocaba se desintegraba en mis manos, caía como arena entre mis dedos. Sentí un dolor y una desesperación inmensa, y cuando desperté fue con un enorme sobresalto.