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Al despertar me troné el cuello como cada mañana, pero esta vez algo se sentía diferente. Mi piel tenía una textura que no me resultaba conocida. Al ir al baño, el espejo comprobaba la anomalía: mi cuerpo estaba cubierto del cuello para abajo de pequeñas verrugas. El evento sucedería en pocas horas y no podía presentarme así. Había que quitarlas una por una rápido y con mis propias manos. Corría a la cocina y agarraba las tijeras, no las rojas con las que me cuesta cortar porque soy zurdo, sino las blancas que me son más familiares. Con unas pinzas para depilar las agarraba una por una y comenzaba a cortarlas. Algunas dolían y otras no. Pequeños puntos rojos comenzaban a brotar por mi piel y a medida que pasaba el tiempo se convertían en chorros de sangre. Corría por alcohol y agua oxigenada, había que eliminar el riesgo de infección. Pasaba por mi cuarto y veía la hora en el reloj que tengo en un buró. No había de qué preocuparse, todavía faltaban algunas horas para el evento y podía dormir un rato más.