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Caminaba yo por un mercado con nueve meses de embarazo. Mi paso era lento ya que sólo estaba matando el tiempo. Había un señor que vendía móviles de cristal, y paré para verlos de más cerca. Estaban muy bonitos, y todo estaba bañado en una luz muy cálida.

De repente vi mi panza en el reflejo de una vitrina y me vino una angustia pulsante. Sabía yo que el padre era mi ex-pareja, y me sentía sola y asustada. Todo estaba de patas arriba: era como si en ese momento me hubiera caído el veinte que ese sueño era la Realidad, y toda la actualidad que conocía era en realidad sueño, y mi subconsciente hacía todo lo posible para racionalizar que: Pues sí, estaba yo embarazada, estaba yo a punto de dar a luz, y no tenía a nadie quien me ayudara. ¿Cómo llegué hasta aquí sin pedir ayuda? ¿Por qué estoy sola? ¿Por qué no me preparé?

Con la aflicción, me vinieron de repente unos dolores de contracción. Sentía cómo en mi vientre el bebé se posicionaba, con tirones y empujones mis órganos se acomodaban. Todo estaba sucediendo tan rápido. No estaba lista. Le intentaba marcar a mi ex pero no contestaba. ¿Dónde estás, maldito? ¿Por qué me dejaste lidiar con esto sola? Marcaba y marcaba, hasta que un amigo mío contestaba. Sentía una traición inmensa - ¿por qué estaba mi amigo con mi ex? ¿Por qué mi ex no contestaba? Mi amigo me quería contar de una canción que estaban grabando juntos. Les quería gritar, pero de la desesperación les colgué.

Estaba tan fúrica que se me salían las lágrimas. Sabía que mis contracciones sólo eran las del inicio, y que el parto sería largo. Como todavía tenía tiempo para matar, seguí por el mercado y fui a enmarcar unas impresiones que tenía con otro señor.